Anoche Andalucía y toda España, perdieron a un gran hijo. No
era un investigador de renombre, ni héroe de mil batallas, ni artista de
renombre internacional. Era un hombre amable y sencillo, o debiera decir “chanchillo”,
padre estricto pero amoroso, maestro ejecutante del “cante jondo”… y era mi
padrino de bautismo. Puede parecer poco para los demás, pero para mí siempre
fue “to’” un personaje.
Él se unió en matrimonio con una hermana de mi padre, mi tía
Cristina, y cinco décadas de vida juntos, son el mejor testimonio de que tomó
una decisión correcta. Hasta donde sé, no todos los años fueron fáciles. Sin
embargo perseveraron juntos, y juntos salieron adelante con sus seis hijos:
Helios (Eli), Juan Carlos (Patalo), Francisco (Paco), Cristina (Titi),
María del Carmen (Pamen) y el
benjamín Miguel Ángel.
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| Carmen, Francisco, Juan Carlos, Miguel Ángel, Cristina, con sus padres. |
Nadie puede negar que era un hombre valiente, aun entre los
españoles. Podríamos decir que su valor rayaba la temeridad. Es el único varón
que he conocido, que se refería a su suegra (mi abuelita Concepción) llamándole
“bruja”. Y no a escondidas, o en ausencia de ella. A todas las reuniones
familiares llegaba y lo primero que hacía, era llamar con esa potente voz que
Dios ha dado a los andaluces:
“¿Dónde está la vieja bruja?” Y luego se cobijaba en los
brazos de mi Yaya en un abrazo sincero y devoto.
Era un andaluz robusto y fuerte como un roble. Un roble más
bien bajo, pero todo un Hércules. Tenía el temperamento de esa raza grande y
orgullosa que ha dado España, y para muestra un botón. Viviendo en la Ciudad de
México, una noche sufrió un asalto. Dos hideputas lo sorprendieron abordando su
auto y le pusieron una pistola contra el vientre. Mi padrino encaró al hombre
armado y lo enfrentó con fría cordialidad.
El ratero, acobardado, disparó y se dio a la fuga
inmediatamente, sin siquiera mirar si le seguía su compañero. No recuerdo bien
(eso fue en 1994), pero casi puedo asegurar que él mismo condujo hasta el
hospital, donde se puso en manos de los estupefactos médicos.
Antes de 24 horas ya me había yo enterado y telefoneé a mi
madrina, que me sorprendió diciendo que el herido ya estaba en casa. Fui a
visitarles sin tardanza, al sur de la ciudad, y lo encontré sentado a la mesa
del comedor, muy entretenido partiendo piñones con un chato. Ya saben, un vaso
de vidrio grueso, muy indicado para preparar carajíllora (café negro con güisqui
y leche condensada), mismo que me preparó con gran ceremonia… En cuanto terminó
de partir los piñones. Testimonio de la excelente manufactura del vaso de
vidrio, fue la mesa de madera mellada y raspada que dejó, para disgusto de mi
madrina. Sobra decir que, a excepción de la herida de bala con entrada y salida
a lo ancho del abdomen, se encontraba sano como el que más.
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| Genio y figura. |
Uno de mis primos, con quien más me identificaba entonces por
tener casi la misma edad, era Paco.
De adolescentes incluso estudiamos un año juntos. Pero adelanto vísperas.
Siendo niños, Pacorro era el alma de
Judas. Si yo competía por el Premio Cervantes a la mejor travesura, mi primo
perdía el Nobel por exageración. No sabía estarse quieto.
Era costumbre que en la Nochebuena siempre nos reuniéramos
toda la familia en casa de mis padrinos. Un año, el tío Helios aprovechó su
trabajo en una escuela, para “tomar prestado” un uniforme de San Nicolás, y darnos
una sorpresa en la víspera de Navidad.
Calculo que entonces yo tendría unos seis años. Imaginar la
sorpresa y emoción que me embargó cuando en medio de la fiesta, todos los
primos escuchamos un estentóreo “Jo, jo, jo”, mientras por la escalera veíamos
aparecer nada menos que a San Nicolás, con luengas barbas blancas, ataviado con
su vistoso traje rojo y blanco. y cargado con un costal lleno de regalos. A esa
edad ningún niño repara en las costuras reventadas del traje, que no habían
resistido la robustez del portador.
De pronto la sonrisa y el cascabeleo de su carrillera se
apagaron, mientras el legendario
personaje empezaba a vociferar:
“Joé, Paco,
te está’ quieto o te pon enmorecío a morrillazo’”.
¡La vin, compae! ¡El de los regalos era paisano del tío
Helios! Nada menos.
Durante muchos años mis tíos Cristina y Helios se fueron a
vivir a una ciudad del norte, y como el internet todavía no aparecía por el
horizonte, la comunicación era más bien reducida. Pero en el primer aniversario
luctuoso de mi Yaya Conchita, toda la familia que aún vivíamos en la Ciudad de
México nos reunimos en casa de mi padre. Fue muy grata la sorpresa de encontrar
ahí a mis padrinos, luego de tantos años. Yo llevaba a mi primogénito de
brazos. No creo que hubiera cumplido siquiera los tres meses de nacido para
entonces, y sin ser un bebé llorón, eligió un momento de esa reunión para ponerse
a llorar sin remedio.
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| Mis padrinos, Cristina y Helios. |
Mientras yo intentaba hacerle callar, sin éxito alguno, vi
que mi padrino se acercaba a nosotros, me hacía una seña con la cabeza y tomaba
en brazos, con inefable ternura, a ese pedacito de humanidad que se
desgañitaba. Luego empezó a cantarle un arrullo andaluz a mi hijo, con ese tono
de voz inolvidable. Sobra decir que el silencio descendió sobre todos los
reunidos hasta que mi padrino terminó su cante, y me devolvió a mi retoño felizmente
dormido. Nadie aplaudió para no despertar al crío, pero no hizo falta. Al que
no se le habían rodado las lágrimas, tragaba gordo. Ese silencio fue el más
elocuente reconocimiento que he visto que se da a un hombre por su arte.
Ahora que Nuestro Señor le ha llamado a su lado, ahora que
con seguridad ya se ha reunido con mi Yaya Conchita, su queridísima “vieja
bruja”, ahora que confío en tener a otro intercesor en el cielo, no puedo
evitar que se me empañen los ojos y se me crispen los labios en una media sonrisa,
al recordarlo y comprender que no le volveré a ver en este tránsito que es la
vida. Sin embargo, yo no hablaría de arriar banderas a media asta, aflojar las
tripas y doblar con cajas destempladas, ni guardaría silencio para reconocer la
grandeza de su sencillez. Por el contrario, rasgaría mi guitarra y batiría
palmas, para acompañar a Dios y la Virgen, que con la alegría que tenía mi
padrino, de fijo estarán bailando flamenco y lanzando cantes en su compañía.
Hoy Andalucía, España y el mundo todo, son un poco menos
luminosos, porque te has marchado. Pero por la promesa de Cristo Nuestro Señor,
nos volveremos a encontrar, padrino Helios. Mientras, pásatela “fetén”. Y no te
olvides del ahijado que tanto te quiere. Pal.
(Fotografías cortesía de Luisa Gabriela Muñoz Bracho).




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