jueves, 6 de diciembre de 2018

Hasta siempre, tío Hélios.


Anoche Andalucía y toda España, perdieron a un gran hijo. No era un investigador de renombre, ni héroe de mil batallas, ni artista de renombre internacional. Era un hombre amable y sencillo, o debiera decir “chanchillo”, padre estricto pero amoroso, maestro ejecutante del “cante jondo”… y era mi padrino de bautismo. Puede parecer poco para los demás, pero para mí siempre fue “to’” un personaje. 


Él se unió en matrimonio con una hermana de mi padre, mi tía Cristina, y cinco décadas de vida juntos, son el mejor testimonio de que tomó una decisión correcta. Hasta donde sé, no todos los años fueron fáciles. Sin embargo perseveraron juntos, y juntos salieron adelante con sus seis hijos: Helios (Eli), Juan Carlos (Patalo), Francisco (Paco), Cristina (Titi), María del Carmen (Pamen) y el benjamín Miguel Ángel. 
Carmen, Francisco, Juan Carlos, Miguel Ángel, Cristina,
con sus padres. 

Nadie puede negar que era un hombre valiente, aun entre los españoles. Podríamos decir que su valor rayaba la temeridad. Es el único varón que he conocido, que se refería a su suegra (mi abuelita Concepción) llamándole “bruja”. Y no a escondidas, o en ausencia de ella. A todas las reuniones familiares llegaba y lo primero que hacía, era llamar con esa potente voz que Dios ha dado a los andaluces:

“¿Dónde está la vieja bruja?” Y luego se cobijaba en los brazos de mi Yaya en un abrazo sincero y devoto.

Era un andaluz robusto y fuerte como un roble. Un roble más bien bajo, pero todo un Hércules. Tenía el temperamento de esa raza grande y orgullosa que ha dado España, y para muestra un botón. Viviendo en la Ciudad de México, una noche sufrió un asalto. Dos hideputas lo sorprendieron abordando su auto y le pusieron una pistola contra el vientre. Mi padrino encaró al hombre armado y lo enfrentó con fría cordialidad.

El ratero, acobardado, disparó y se dio a la fuga inmediatamente, sin siquiera mirar si le seguía su compañero. No recuerdo bien (eso fue en 1994), pero casi puedo asegurar que él mismo condujo hasta el hospital, donde se puso en manos de los estupefactos médicos.

Antes de 24 horas ya me había yo enterado y telefoneé a mi madrina, que me sorprendió diciendo que el herido ya estaba en casa. Fui a visitarles sin tardanza, al sur de la ciudad, y lo encontré sentado a la mesa del comedor, muy entretenido partiendo piñones con un chato. Ya saben, un vaso de vidrio grueso, muy indicado para preparar carajíllora (café negro con güisqui y leche condensada), mismo que me preparó con gran ceremonia… En cuanto terminó de partir los piñones. Testimonio de la excelente manufactura del vaso de vidrio, fue la mesa de madera mellada y raspada que dejó, para disgusto de mi madrina. Sobra decir que, a excepción de la herida de bala con entrada y salida a lo ancho del abdomen, se encontraba sano como el que más.

Genio y figura.
Decía al principio que era un hombre estricto. Los que no le conocían bien, podrían alegar que le gritaba a sus hijos, pero en realidad ocurre que de niño se tragó un altavoz (o eso pensé toda mi niñez) y de ahí ese vozarrón de cabo cuartelero.

Uno de mis primos, con quien más me identificaba entonces por tener casi la misma edad, era Paco. De adolescentes incluso estudiamos un año juntos. Pero adelanto vísperas. Siendo niños, Pacorro era el alma de Judas. Si yo competía por el Premio Cervantes a la mejor travesura, mi primo perdía el Nobel por exageración. No sabía estarse quieto.

Era costumbre que en la Nochebuena siempre nos reuniéramos toda la familia en casa de mis padrinos. Un año, el tío Helios aprovechó su trabajo en una escuela, para “tomar prestado” un uniforme de San Nicolás, y darnos una sorpresa en la víspera de Navidad.

Calculo que entonces yo tendría unos seis años. Imaginar la sorpresa y emoción que me embargó cuando en medio de la fiesta, todos los primos escuchamos un estentóreo “Jo, jo, jo”, mientras por la escalera veíamos aparecer nada menos que a San Nicolás, con luengas barbas blancas, ataviado con su vistoso traje rojo y blanco. y cargado con un costal lleno de regalos. A esa edad ningún niño repara en las costuras reventadas del traje, que no habían resistido la robustez del portador.

De pronto la sonrisa y el cascabeleo de su carrillera se apagaron,  mientras el legendario personaje empezaba a vociferar: 

“Joé, Paco, te está’ quieto o te pon enmorecío a morrillazo’”.

¡La vin, compae! ¡El de los regalos era paisano del tío Helios! Nada menos.

Durante muchos años mis tíos Cristina y Helios se fueron a vivir a una ciudad del norte, y como el internet todavía no aparecía por el horizonte, la comunicación era más bien reducida. Pero en el primer aniversario luctuoso de mi Yaya Conchita, toda la familia que aún vivíamos en la Ciudad de México nos reunimos en casa de mi padre. Fue muy grata la sorpresa de encontrar ahí a mis padrinos, luego de tantos años. Yo llevaba a mi primogénito de brazos. No creo que hubiera cumplido siquiera los tres meses de nacido para entonces, y sin ser un bebé llorón, eligió un momento de esa reunión para ponerse a llorar sin remedio.

Mis padrinos, Cristina y Helios.
Mientras yo intentaba hacerle callar, sin éxito alguno, vi que mi padrino se acercaba a nosotros, me hacía una seña con la cabeza y tomaba en brazos, con inefable ternura, a ese pedacito de humanidad que se desgañitaba. Luego empezó a cantarle un arrullo andaluz a mi hijo, con ese tono de voz inolvidable. Sobra decir que el silencio descendió sobre todos los reunidos hasta que mi padrino terminó su cante, y me devolvió a mi retoño felizmente dormido. Nadie aplaudió para no despertar al crío, pero no hizo falta. Al que no se le habían rodado las lágrimas, tragaba gordo. Ese silencio fue el más elocuente reconocimiento que he visto que se da a un hombre por su arte.

Ahora que Nuestro Señor le ha llamado a su lado, ahora que con seguridad ya se ha reunido con mi Yaya Conchita, su queridísima “vieja bruja”, ahora que confío en tener a otro intercesor en el cielo, no puedo evitar que se me empañen los ojos y se me crispen los labios en una media sonrisa, al recordarlo y comprender que no le volveré a ver en este tránsito que es la vida. Sin embargo, yo no hablaría de arriar banderas a media asta, aflojar las tripas y doblar con cajas destempladas, ni guardaría silencio para reconocer la grandeza de su sencillez. Por el contrario, rasgaría mi guitarra y batiría palmas, para acompañar a Dios y la Virgen, que con la alegría que tenía mi padrino, de fijo estarán bailando flamenco y lanzando cantes en su compañía.

Hoy Andalucía, España y el mundo todo, son un poco menos luminosos, porque te has marchado. Pero por la promesa de Cristo Nuestro Señor, nos volveremos a encontrar, padrino Helios. Mientras, pásatela “fetén”. Y no te olvides del ahijado que tanto te quiere. Pal.

(Fotografías cortesía de Luisa Gabriela Muñoz Bracho).

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